«En los sueños no hay provisionalidad en vista a un final [...], los sueños no se organizan así, en cada instante del sueño está todo el sueño, todo es igualmente importante, todo está dado en cada momento, y, por eso, no puede resumirse. [...] El modelo de los sueños no es el cuento, un sueño no se parece a un cuento, el modelo de los sueños es la música. El sueño es la música nocturna, la serenata que oímos mientras estamos dormidos.»

Hugo Hiriart, Sobre la naturaleza de los sueños

Sobre la naturaleza de los sueños

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La mitad de una duda

Encontrarte. Retenerte. Esos eran los pensamientos que se detenían en mi mente cada vez que pensaba en ti. Una luz al final del cuarto, límpida, me miraba mientras escribía, como todas las tardes, pensando en ti. Todo lo que hubiera querido se resumía en mis deseos de que estuvieras aquí, tu cuerpo cubierto por una camiseta rosa, un diminuto short gris, el de las fotos, y tus piernas desnudas, rozando las mías, sintiendo cada vez más cerca de mí tus cabellos, tu pelo sin chiste y desteñido, de varios colores, ahora gris, ahora castaño. Al contacto ondulatorio de la luz al final del cuarto.

Tus ojos inquietos miraban al vacío, como si en él se ocultara la razón por la que nunca estarías aquí.

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“La gente se la pasa haciendo planes. Yo tenía los míos hasta hace seis meses. Angélica y yo íbamos a casarnos. Íbamos a tener dos perros labradores y una tortuga. Habíamos planeado construir una alberca. Pasar unos días en el D. F. en verano. Ir a Santa Fe, Nuevo México, en diciembre. Ahorrar para construir una casa en la playa. Tal vez en Oaxaca. Planear. Uno planea y escribe sus propósitos y en el mismo incendio del tiempo se achicharran y se vuelven cenizas, mosquitos de ceniza subiendo en un remolino hasta perderse. Algunos tienen la mejor suerte del mundo. Otros nos conformamos con un vaso de whisky. Un puñetazo de alcohol en la sangre.”

—César Silva Márquez, Juárez Whiskey.

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“Querer es más que recordar o prepararse a recordar”.

—J. Cortázar, “La barca o Nueva visita a Venecia”.

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sueños

… ¿y si todos los sueños confluyen en tu sexo…?

—amor, ya es tarde, vamos a dormir —le dice al oído
—espera… —los ojos de ella se encuentran como por cita con los suyos— te necesito
—¿cómo? —le pregunta mientras le besa un seno; su lengua recorre su piel como agua caliente sobre hielo, quebrándolo, hirviéndolo

hirviéndolo

silencio, un murmullo de su mano recorre el sexo suyo como respondiéndole. apagada, la luz del cuarto se parece a un deseo, las sombras vagan entre respiraciones confusas, ciegas, entrecortadas como lienzos de tela purpúrea, que rozan los pliegues del insomnio, replegándolos, hiriéndolos…

amanece

 

no queda más que una manta fría, donde cayó una gota del líquido fecundo. ella, la maravilla de pelos púbicos, ojos de niña, vientre de diosa, ya estará lejos, como ausente.

sólo fue eso, no sólo eso, sino aquello… la noche se la llevó, se fue en el tren matinal del vacío. como un sueño.

pero quizá eso sea lo más grande. o lo menos incongruente. así lo quiso creer —como si todos los sueños fueran a dar como ríos en tu sexo—le espetó a la imagen desnuda y mutilada del espejo.

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“Más que concretarse a reforzar nuestras percepciones dadas, la obra literaria valiosa viola o transgrede esas formas normativas de ver las cosas, con lo cual nos pone en conocimiento de nuevos códigos de comprensión. [...] Si mediante nuestras estrategias de lectura modificamos el texto, éste, simultáneamente, nos modifica. Como objetos de un experimento científico, puede dar a nuestras ‘preguntas’ una ‘respuesta’ impredecible.”

—Terry Eagleton, en Una introducción a la teoría literaria.

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“¿Pero qué decir de todos aquellos que no leían a Henry James, que jamás habían oído hablar de él y que abandonarían este mundo tranquilamente ignorantes de quién había sido o dejado de ser ese señor? Personas así constituían —¿cómo dudarlo?— la abrumadora mayoría de la sociedad. ¿Podría acusárseles de encallecimiento moral, de banalidad humana o de bancarrota intelectual? Haría falta cierta circunspección en esto, pues quizá nuestros propios padres y amigos pertenecieron a esa categoría. Muchas de esas personas daban la impresión de tener buen sentido moral y suficiente sensibilidad. No daban muestras de tendencias al asesinato o al pillaje, y, aun cuando se observaran en ellas tendencias a todo eso, no parece posible que se debiera a que no habían leído a Henry James.”

—Terry Eagleton, en Una introducción a la teoría literaria.

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“La cultura ‘de las masas’ no es un producto inevitable de la sociedad ‘industrial’, sino que es hija de un tipo especial de industrialismo que orienta la producción más a las utilidades que a la utilidad, y se interesa más en lo que vende que en lo que verdaderamente tiene valor.”

—Terry Eagleton

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TRADUCCIÓN: THE BOOK OF THE COURTIER from the Italian of Count Baldassare Castiglione

The Book of the Courtier

A continuación les presento una traducción mía de un texto secular de comienzos del siglo XVI, el cual, siendo uno de los más notables productos del Renacimiento italiano, influyó de manera decisiva en la formación de las gentes de las cortes de aquella época. La traducción del italiano de Baldassare Castiglione —el autor—, que llevó a cabo con singular maestría Sir Thomas Hoby, ha sido considerada una obra maestra de la prosa en lengua inglesa. Esta es mi primera —y primeriza— versión en español de unas cuantas líneas del Libro IV.

THE BOOK OF THE COURTIER from the Italian of Count Baldassare Castiglione, translated into English by Sir Thomas Hoby. El manual del cortesano, originalmente en italiano, del Conde Baldassare Castiglione, traducido al inglés por Sir Thomas Hoby.

From BOOK IV. Del Libro IV.

«Sin embargo, al hablar de la belleza a que nos referimos, la cual se circunscribe a lo que es percibido en el cuerpo, en especial, a la vista del hombre, y que mueve a la codicia que conocemos como amor, la definiremos como una manifestación de la gracia divina, la cual se extiende cual tienda sobre el conjunto de la creación que está bajo el cielo (como lo hace también la luz del sol). No obstante, aquélla, al encontrar un rostro bien proporcionado, cuya complexión es un acuerdo vivo de varios colores, fortalecido por el efecto de luces y sombras, en un bosquejo de líneas colocadas a distancias que revelan orden, ahí se destila a sí misma y toma la apariencia que la favorece más, adornando e iluminando al sujeto sobre el cual se luce con una gracia maravillosa y un brillo tal que se asemeja al efecto de los rayos del sol que inciden en un exquisito plato de oro puro labrado e incrustado de piedras preciosas, de tal modo que atrae hacia sí mismo la vista de los hombres de manera placentera, y, penetrando en ellos, se hinca con fuerza en su alma. Mediante una dulzura inusual mueve poderosamente al alma y la deleita, inflamándola en deseos de codicia hacia el objeto. Entonces, cuando el alma es llevada por la codicia al disfrute de la buena belleza, en el supuesto caso de que ésta se deje llevar por el juicio de los sentidos, cae en los errores más profundos y echa en cara al cuerpo que, como se discierne, es bello haciéndolo la causa principal de su codicia. Después de esto, a fin de disfrutar de la belleza, el alma del codicioso considera necesario unirse tan íntimamente como sea posible al cuerpo en cuestión, lo cual es un engaño; por lo tanto, quien piense que la posesión del cuerpo es menester indispensable para el disfrute de la belleza deberá sufrir una decepción muy grande, además ha de notarse que, al hacerlo, está motivado a ello, no por el conocimiento verdadero, el cual es fruto de una elección racional, sino por el jucio erróneo de los sentidos y el deseo. Se sabe esto, pues inmediatamente después de haber poseído el objeto deseado, el placer que lo sigue es falso también y, por consiguiente, está lleno de vicios. Así pues, los amantes pueden caer en uno de dos errores. En primer lugar, aquellos que satisfacen sus pasiones inmorales con las mujeres que aman, puesto que no bien pronto alcanzan el fin codiciado, no sólo se sienten satisfechos sino que también los invade un sentimiento de aversión, que se manifiesta en la forma de odio hacia la persona a la que antes amaron. Esto sucede sin importar que luego se arrepientan de haber deseado de manera codiciosa y reconozcan que fue el engaño quien labró en ellos el juicio falso de los sentidos, aquél que los hizo creer que lo malo era bueno. En segundo lugar, también puede ser que aquellos continúen en la misma senda de codicia con avaricia, como si no hubieran satisfecho ya el deseo suyo, de posesión, hacia el objeto que codiciaban, a pesar de que el juicio que los embriagó en apariencia, y los cegó, los haya hecho experimentar en ese instante en que poseían al objeto un cierto tipo de contentamiento —como a veces les sucede también a quienes en su enfermedad del cuerpo sueñan que beben de un manantial claro y quienes, sin embargo, nunca se satisfacen pero al cual tampoco dejan—. De esto se concluye lo siguiente. Puesto que cuando se posee la cosa buena que se desea siempre nace la tranquilidad y la satisfacción en la mente del que la posee, es decir, el verdadero y justo fin de su codicia, los que poseen lo que codician, si esto fuera también bueno, habrían de experimentar la calma que proviene de la satisfacción cabal del deseo, la cual es claro que no experimentan; más bien, son engañados por su semejanza con lo bueno, y en cambio regresan sin falta a su codicia con desenfreno, infligiéndose por castigo el mismo sufrimiento que experimentaron al principio, cuando no poseían nada, volviendo a experimentar la sed acalorada y violenta por la cosa deseada, la cual esperan, en vano, poseer absolutamente.»

Version en español de D. B.

Version en edición facsimilar:

FROM BOOK IV

FROM BOOK IV_2

Texto íntegro en inglés:

But speakynge of the beawtie that we meane, which is onlie it, that appeereth in bodies, and especially in the face of mann, and moveth thys fervent covetinge which we call Love, we will terme it an influence of the heavenlie bountifulness, the whiche for all it stretcheth over all thynges that be created (like the light of the Sonn) yet whan it findeth out a face well proportioned, and framed with a certein livelie agreement of severall colours, and set furth with lightes and shadowes, and with an orderly distaunce and limites of lines, therinto it distilleth it self and appeereth most welfavoured, and decketh out and lyghtneth the subject where it shyneth wyth a marveylous grace and glistringe (like the Sonne beames that strike against beawtifull plate of fine golde wrought and sett wyth precyous jewelles) so that it draweth unto it mens eyes with pleasure, and percing through them imprinteth him selfe in the soule, and wyth an unwonted sweetenesse all to stirreth her and delyteth, and settynge her on fire maketh her to covett him. Whan the soule then is taken wyth covetynge to enjoye thys beawtie as a good thynge, in case she suffre her selfe to be guyded with the judgement of sense, she falleth into most deepe erroures, and judgeth the bodie in whyche Beawtye is descerned, to be the principall cause therof: wherupon to enjoye it, she reckeneth it necessarye to joigne as inwardlye as she can wyth that bodye, whyche is false: and therefore who so thinketh in possessynge the In possessing the body beawtie is not enjoied. They that love sensuallye. bodye to injoye beawtie, he is farr deceived, and is moved to it, no wyth true knowleage by the choise of reason, but wyth false opinyon by the longinge of sense. Wherupon the pleasure that foloweth it, is also false and of necessytye full of erroures. And therefore into one of the two vyces renn all those lovers that satisfye theyr unhonest lustes with the women whom they love: for eyther assone as they be come to the coveted ende, they not onely feele a fulnesse and lothesomnesse, but also conceyve a hatred against the wyght beloved, as thoughe longinge repented hym of hys offence and acknowleaged the deceite wrought hym by the false judgement of sense, that made hym beleave the yll to be good: or elles they contynue in the verye same covetynge and greedynesse, as thoughe they were not in deede come to the ende, whyche they sought for. And albeit throughe the blynde opynyon that hath made them dronken (to their seeminge) in that instante they feele a contentation, as the deseased otherwhile, that dreame they drinke of some cleare spring, yet be they not satisfied, nor leave of so. And bicause of possessing coveted goodnes there arriseth alwayes quietnesse and satisfaction in the possessors minde, in case this were the true and righte end of there covetinge, whan they possesse it they would be at quietnesse and throughlye satisfied, whiche they be not: but rather deceyved through that likenesse, they furthwith retourn again to unbridled covetinge, and with the very same trouble, which they felt at the first, they fall again into the raginge and most burninge thirst of the thinge, that they hope in vaine to possesse perfectlye.

Aquí se puede encontrar el texto íntegro en edición facsimilar: http://archive.org/stream/bookofcourtierfr00bald

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“Después de todo, la educación es parte de la sociedad, no la solución a sus problemas”.

—Terry Eagleton, en Una introducción a la teoría literaria.

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