La que sólo sabía escribir

A ti, fiel amante de la lejanía.

Por una mirada, un mundo,
por una sonrisa, un cielo,
por un beso… ¡yo no sé
qué te diera por un beso!

G. A. Bécquer

El tiempo dirá si estoy equivocado pero hoy quiero decirte cómo me siento. Hace un par de meses conocí a una mujer bastante común. No la conocí, simplemente me topé con ella como con cualquier otro usuario curioso que muy de vez en cuando responde a alguno de mis tuits. (Si no lo sabías, te lo hago saber: en mi otra vida —mientras te veo sin ver y te acaricio— soy un tuitero que vive sin las ataduras de los convencionalismos, en un espacio que es, al mismo tiempo, mi álter ego y mi posible Yo.) Ahora bien, lo abstruso de que yo me interesara en ella y no en cualquiera de las muchas tuitstars con quienes he soñado copular algún día o, quizá menos gráficamente, conversar, tuvo algo que ver con su escueta manera de responder, siempre atinada, siempre elegante, a algún comentario que llamara su atención. Tal vez fue eso o tal vez no. Lo que sí (estoy seguro) influyó en mi actitud favorable hacia ella fueron sus grandes ojos de niña como recién atrapada en una travesura, que no expresaban nada más que la sorpresa contenida. Y, como dije, su manera de escribir: pulcra, exacta, parca. Pero eso no me enamoró.

No vayas a creer que soy de esos peleles que arrastran la cobija detrás de la primera coqueta que les deja caer su pañuelo. No. Yo no soy de ésos. Tal vez te lo hayas figurado así por aquello que te dije sobre Tuíter y esas mamadas (si me permites la expresión). Pero ella era diferente, te lo juro, muy diferente a todas las mujeres con que me he topado. Ya, entiendo… Creo que estoy empezando a fastidiarte. Perdóname, por favor, siempre caigo en el mismo error. Como quiero evitarte la pena de escuchar nefastos circunloquios, ahora pasaré a relatarte la única parte de esta historia patética que quiero que escuches con atención. Es ésa en que necesito que me des tu visto bueno, por llamarlo de algún modo, y no es que realmente lo necesite, sino que en verdad lo deseo, quiero que me digas si hice bien o hice mal, si ella es tan buena como se cree, o yo tan idiota como me imagino.

¿Has sentido cómo, al caer rodando por una escalera, una cosa lleva a otra y, cuando menos te das cuenta, ya estás en el suelo, a cuatro patas, desparramado en la superficie que sirve de base al primer escalón? Bueno, pues así me pasó. Al principio no dejé que me enamorara y quizá ella tampoco se dejó enamorar. Pero una cosa llevó a la otra y, heme aquí, hablando estupideces que ni tú ni yo comprendemos. Lo primero que sentí al comenzar a tratarla fue ternura. Una niña de apenas dieciocho años, madre, con los sueños truncados debido a un pequeño error de cálculo: convertirse en mamá aun antes de ser adulta. Y con unos ojazos que recordaban a los niños juguetones de la plaza de un pueblo sin historia al atardecer (de ésos que tú nunca conocerás), con sus madres a la distancia, intercambiando los detalles de la última vez en que sus maridos las cogieron, el nuevo episodio gastado de la novela de los que no ven telenovelas porque no tienen televisión: la inocencia y la pasión. Eso. Mamá: ¡qué palabra de suyo tan llena de amor! Y más pletórica de ese sentimiento indefinible cuanto quienes la pronuncian son seres indefensos; como todos, al final; cuanto el objeto del apelativo es la niña que ya es mujer y que juega al amor como ayer jugaba con sus primos. En ella se mantenía sin menoscabo el original espíritu infantil, guerrero, que es propio de los adolescentes y que, cuando uno también lo es, más allá de enamorar, es el causante de casi todos los conflictos en parejas de la misma edad. En mi caso no fue así porque —lo digo para que lo tomes en cuenta—, con mis poco más de tres décadas encima, comienzo a darme cuenta de la superioridad de la belleza presente en aquellas fuerzas sobre la tierra que brillan de puro candor: los celos, la ilusión, el apego. Ella los poseía todos.

Ay amor, ¡por qué no pudiste verme antes de que yo me viera en la obligación de partir!

Sin el afán de hilar un discurso exhaustivo, permíteme que te cuente cómo era ella. Te prometo que seré breve. Quizá hayas conocido a alguien, o algo (un delicioso fettuccine, un mimo, una superficie irregular) así, y esto te ayude a comprender cómo me siento. Quizá hasta te robe una sonrisa. Espera, ya lo recuerdo: tú no sabes sonreír. Bueno, no importa. Ella era al mismo tiempo una ninfa y una chica cualquiera. Podía someterme con el peso de una palabra («te amo», o, «tengo miedo») o cometer flagrantes faltas a la más elemental ortografía, tales que me hacían desternillarme de la risa, eso sí, sin alevosía. Sí, imagínate, ella que se creía que todas las podía. Ganaba una discusión sin decir una sola palabra —ya te dije que era muy medida para hablar y, al contrario, demasiado liberal en los silencios que gustaba de interponer entre frase y frase, entre un te amo y un me derrites—, su virtud más inobjetable era la de saber escuchar. Ni una sola expresión mía, por ligera o baladí que pareciera, pasaba inadvertida a sus ojos escrutadores de niña pizpireta. Creo que eso fue lo que me enamoró. ¿Que si jugábamos? Pero claro que sí; desde los juegos más tímidos hasta los más intrincadamente perversos. Incontables tardes no hacíamos más que solazarnos en ese juego (en mi recuerdo, alegre) que, entre dos usuarios de un dispositivo móvil, consiste en colocar una o varias letras en un tablero virtual a fin de crear palabras que acumulen el mayor número de puntos y, con ello, ganar. (Pero se gana más cuando las palabras hacen que dialogan entre sí, o, mejor dicho, cuando los jugadores las ponen a dialogar.) Lo mejor de todo era que, sin importar que yo fuese un coleccionista de palabras —palabra que lo soy—, ella siempre fue para mí un rival lleno de gracia, dignísimo, noble, real, y aunque muchas veces perdiera, siempre lo hacía con la frente en alto, luego de darme una muy reñida pelea.

Ay amor, ¿recuerdas cómo en esas tardes, de ciudad y de provincia, entre páginas manchadas por un café frío que se había derramado, apenas por probar, travesuras, berrinches, regaños y castigos maternales, lágrimas quietas y también alborotadas, nos amábamos?

En un cajón aparte pondré a nuestros juegos de pernoctación, por llamarlos de alguna manera un tanto eufemística. Con la sutileza que le era propia, mi juguetona compañera me lanzaba unas indirectas tan cuidadosamente articuladas que sólo una lectura muy perspicaz podría adivinar.

Pero… ay amor, ¡por qué todo esto tenía que terminar! ¡Por qué elegiste dejarme ir, sin que en la práctica hubiésemos perfeccionado tantos ensayos nuestros… experimentos de una pasión tal que ni el deseo, luego de realizarse, hubiera podido extinguir!

Un beso, dos, tres, cuatro te amos en fila, palpando las telas más sensibles del velamen de nuestro inconsciente, empujándolo por mares de aguas quietas y alegres, haciéndonos creer que incluso alzábamos el vuelo; no, no era amor, era música, era poesía, era la Armonía, era un concierto en lengua romance para piano y violín, era un solo acorde. Para que te lo imagines, era como hablar contigo mismo, como verte al espejo, como esperar a que después de un allegro vivace brevísimo siguiera el silencio, y luego, mirar a un punto fijo y recibirlo, aguardar un beso y sentir cómo se posaba en tu boca —su lengua en la tuya—, entonces: el eco de éste en tu pecho; rozar con el filo de tus dedos duros su entrepierna, su delgada boca sedienta en la tuya, y una mano que tocara, sin anunciarse, tu miembro endurecido por el contacto de aquél beso como de alma redimida. En esas noches de intensa pasión —te cuento—, nos jurábamos nunca hacernos daño y, al contrario, protegernos; ella me decía en su agonía feliz que moría por verme, y me repetía en golpecitos de teclas que eran como las marcas de un compás, de cuántas maneras discretas o perversas, celestiales o nefandas, me adoraba. Yacía este cuerpo mío, inmóvil, extasiado. Así nos íbamos a la cama, donde siempre debimos estar. Entre gemidos de placeres inimaginables, cabellos revueltos en sueños, una mano juguetona, un roce consciente: los cuerpos, destrozados.

Hoy no queda nada. Luego de dos meses de esperar a que nuestra primer cita se concretase, de suplicar su anuencia, el testimonio de su amor sincero, su presencia física (quizá menos real), nunca quiso hacer un esfuerzo preciso, justo, que resultara en el encuentro de estos dos amantes paradójicos (nosotros) —en cierto modo, inverosímiles— que nunca se vieron. Hoy no extraño ni sus besos ni las noches en que nos calentábamos con meras palabras de amor pasajero. No puedo decirte que la amo —pues amé a su fantasma que habitó en mí y que nunca me dejará— pero sí que estuve dispuesto a amarla más de lo que amé jamás a nadie, al punto de entregarle todo lo que no se entrega sin amor. Así. Hoy miro con nostalgia a nuestros juegos de palabras, cotidianos. Más que nada siento su ausencia, su estar siempre ahí es el causante de que hoy sólo llore. Su manera de partir plaza, de decir ya llegué, su inquieta rebeldía juvenil, sus arrebatos, sus desplantes, sus celos, su fuerza.

De seguro estás pensando en cómo vino todo esto a terminar. Sería injusto que no te lo dijera. Ya me has aguantado lo suficiente. Pues bien, un día aciago —el más aciago de todos— me cansé de suplicar. Mejor dicho, mi corazón se consumió de puro amarla. Y la dejé (sí, porque la dejé), con su rebeldía de adolescente aún, con su presunción, su estúpida e injustificada vanidad; con mis ilusiones, que nunca volverán. La dejé. La dejé porque la amaba más de lo que podía soportar, porque ya no podía seguir amándola en la distancia, pero sobre todo, porque ella no quería verme pronto.

Sí, amor, porque en éste, y en cualquier otro mundo, querer es poder, porque dos putos meses son demasiado tiempo para el amante que se consume en la largura de los días, de las noches, porque si hubieras querido verme, amor, si hubieras querido me hubieras dicho ven… Yo tenía una mano en el volante, dispuesto a partir, siempre, a tu encuentro; y la otra, en tu cintura, porque yo te amaba, porque quizá sí soy un pendejo… porque aún no puedo olvidarte.

También por esto: a nadie le había dado tanto y nadie (sólo tú) me había sabido leer. Porque no quisiste amarme. Porque no pudiste. ¿Por qué? Porque no lo sabes. Porque no lo entiendes…. No comprendiste que mi mayor temor era (y es) no poder verte a los ojos y decirte con la voz más tierna que saliese de mis entrañas: cariño, te amo. Jugaste con mis miedos. Tú ganaste. Ahora mis sábanas están teñidas de lágrimas. Mi vida se agota, se pierde en un laberinto infinito cuya salida nunca encontraré. Tú eres la salida. ¿Algún día te veré? Ya no sirven las palabras.

Perdóname, única compañera mía en esta soledad punzante, por desvariar y hacer con mi llanto y sollozos lastimeros que te alejes de mí. Ven aquí, criatura inocente de terciopelo blanco que te apoyas en mis piernas como diciéndome te quiero, no me dejes sin ti. A ti lo he revelado todo porque sé de cierto que no entiendes nada: ni que la amo ni que te quiero junto a mí. Eres como ella. Tú no sabes más que maullar y retozar mientras te acaricio; ella, mi amante irreal, la ninfa de mis incursiones en el fantasmal bosque del que sueña, aura inquieta, aura tierna, aura de luz que vivió conmigo como con nadie: ella. Ella sólo sabía escribir… y amar por telepatía. Nunca supo a qué saben los besos que le envié, nunca quiso entender de veras que cuantas veces le dije te amo, en el fondo, yo sí la amaba.

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