Aunque no sea Navidad

Al contrario de otros días, otras tardes, he decidido comenzar escribiendo en vez de hacerlo leyendo, como es mi costumbre. Hoy, para variar, quiero traer a colación los eventos que se han dado cita en la semana que acaba, de manera caprichosa, libre, tal como circulan por mi mente de habitante circunstancial de esta gran ciudad. Una bala perdida, un cristalazo, un temblor (¿dónde te agarró?), el Buen fin, un abrazo entre mil. Este último lo he reservado para el final porque, como ustedes verán, en la gran urbe, todo se liga, se transforma, se embebe.

Todos nos enteramos de la bala perdida en una sala de cine de una de las cada vez más pobladas zonas paupérrimas de la capital. Alguien incluso dijo por ahí que este suceso era algo así como el ejemplo más ilustrativo del surrealismo que Breton creyó que México poseía. Y sí, cualquiera de nosotros lo pudo haber soñado. No es necesario que reparemos en los pormenores del incidente: que si fue adrede o si realmente la bala andaba perdida, cual niño de la calle por la vida. Quién sabe. Lo que sí sabemos es que la delincuencia y, sobre todo, la violencia, es muy difícil de contener en una sociedad como la nuestra, en que los problemas económicos, de salud (léase drogadicción) y de educación, se traban con la falta de cuerpos policiales que estén a la altura de las agresiones a nuestras personas que los carentes de sentido común no vacilan en ejercer. Inseguridad; en esto se resume. Para darle sabor de chisme de lavadero, seguiré contándoles ahora de un suceso por el estilo, del cual casi nadie se enteró, que tuvo lugar a comienzos de la semana: unos delincuentes —porque quiero llamarlos por su nombre— rompieron una ventanilla de mi auto para tomar mis dos maletines (dentro de uno de ellos estaba mi laptop, la de batalla), los cuales por descuido había dejado en el asiento trasero; lo hicieron mientras el auto estaba estacionado y yo había salido a acompañar a mi padre al entierro de uno de sus mejores amigos, en una localidad tranquila del estado de Hidalgo. Un pueblito, pues. Así es que ni en provincia se puede estar seguro, o por lo menos a esa conclusión llegué luego de examinar los elocuentes restos de cristal en el piso y asiento posterior del vehículo.

Por otro lado estuvo el temblor, un sismo que a duras penas despertó a menos de la mitad de los capitalinos, según fuentes no oficiales que se hacen llamar colegas, o también, compañeros de trabajo. Pero que sin lugar a dudas despertó la curiosidad de quienes no lo sentimos, porque, vaya usted a saber qué extraño proceso opera en nosotros, pero hay quienes tenemos el sueño muy pesado. Otro sismo que nos recuerda cómo no sólo en el terreno económico gozamos de eso que los vagabundos adoran: la inestabilidad. Pero de ahí no pasó. Algún comentario superficial acerca del sismo pero nada más. La vida sigue su curso y las medidas preventivas nos las pasamos por el arco del triunfo. El de la indiferencia, por supuesto, la que siempre nos gana. Pero así somos los pueblos latinoamericanos: siempre infantiles, creemos que nunca nos va a pasar y, cuando sí nos pasa, le echamos la culpa a Dios, a la madre Naturaleza, al gobierno irresponsable (lo es), pero nunca a nosotros mismos, por no planear rutas de escape en familia, aprovisionarnos de extintores en nuestros hogares (y mientras tanto, nos paseamos en autobús presumiendo nuestros smartphones de última generación), contratar seguros con protección en el caso de desastres naturales, y un largo etcétera. Si nos toca morir o quedarnos en la ruina económica a consecuencia de alguna contingencia imprevista, siempre es culpa del otro, no la nuestra. Que Dios nos socorra.

Aún es tiempo de aprovechar el Buen fin, de comprar todo aquello que no necesitamos y empezar a pagar en incómodas mensualidades durante el año que está próximo a devorarnos. ¿Ya fueron por su pantalla de 42 pulgadas? Aún es tiempo. Yo no he ido por la mía porque no tengo dinero, pero ya pronto me endeudaré como es menester en estas fechas. No vayan a pensar que me las estoy dando de santo. Para nada. Yo también me endeudo y mucho, pero no en este fin, porque si voy a comprar será cuando yo lo decida, o cuando Apple lo decida, o cuando lo quieran mis adicciones (a los libros, al internet), pero no cuando lo decidan los empresarios y el gobierno mexicanos. Ésos no porque me caen gordos. Y ustedes me han de disculpar.

Y por fin llegamos al punto que más quiero tratar: el del abrazo con sinceridad, el tierno abrazo afectuoso. Apenas ayer estuve conversando con una buena amiga. Se puede decir que me abrió su corazón. Sé que ella, si está leyendo esto, puede estar preocupada por aquello que quizá me quiera atrever a desvelar. No te preocupes, no diré nada que sea revelador, o mejor, intentaré decirlo sin revelar nada. Acercándonos al final de una semana que, como dije, fue una más, ajetreada, confusa, carente de significado, hablábamos de todo y de nada, intentando embonar las partes de unas mentes más confundidas que enfocadas, o menos simples que confusas, como lo quieran ustedes poner. El relato que de su vida ella hizo me conmovió. ¿Cuántas veces crees que porque ves a alguien lo conoces, porque lo escuchas lo entiendes, porque lo abrazas lo sientes? Esa noche, la de ayer, ella y yo nos abrazamos con la mirada, nos entendimos con el corazón, nos sentimos con aquello que las palabras nunca quisieron significar pero que, en ese lugar que no es significado ni significante, donde las palabras se desnudan de puro hastío, el alma entiende. Qué curiosa es la vida, dicen los que saben; las canciones navideñas, importadas de la misma manera en que lo ha sido nuestro falso patriotismo exacerbado, suenan en los altavoces de nuestros centros de esparcimiento y consumo urbanos, y ahogan nuestras voces verdaderas; los niños de la menguada clase media reciben regalos, los padres que aún tiene algo que dar agotan sus bolsillos, creyendo —no sé bien por qué—en un futuro mejor, el cual, por alguna razón del destino ambiguo, nunca llega. Y se nos olvida que el futuro mejor no es sino aquél que hacemos entrar en nuestras vidas cuando de verdad escuchamos, y sentimos, y amamos. Esa noche mis brazos rodearon a mi amiga con un sentido exacto del tiempo, o del ser. Y quisiera hacer lo mismo alguna vez cada ciertos días, o tardes, contigo quizá, querido lector, para bien del alma, para darle algún sentido eficaz, valedero, a una vida, ya ajena, ya mía. Aunque no sea Navidad.

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