Category Archives: Otras reflexiones

Salir de entre los escombros

En los días que siguieron al temblor, la angustia se apoderó de nosotros. No podíamos reconocer al enemigo, o nos costaba reconocer que, en realidad, habíamos estado durmiendo con él. La tierra, la bendita tierra, nos acosaba y mecía con movimientos telúricos de proporciones catastróficas, desde sus entrañas insondables. Como hace treinta y dos años, pero también, como desde que Bernal Díaz del Castillo pusiera por escrito, en su Historia verdadera, el asombro de los españoles al ver una ciudad construida en el agua, esta hermosa metrópoli, otrora Ciudad de los Palacios, se tambaleó.

Cuando el adversario tiene rostro humano, es más fácil luchar contra él, vencerlo o sobreponerse a la derrota. O eso pensamos. Hace apenas dos siglos, cuando las rutas mercantiles, principalmente inglesas y estadounidenses, surcaban los océanos Pacífico y Atlántico, rodeando el continente americano o circunnavegando África, por entonces tierra de esclavos; anclando a veces en una isla remota y atravesando con vida, casi de puro milagro, los más feroces tormentones, los marineros sabían perfectamente que el mar, el «imponente mar», era su vida, sí, pero también su tumba; sus posibilidades de supervivencia en una travesía que podía prolongarse durante años, no dependían exclusivamente de la ruta que tomaran, o de la destreza del capitán, ni siquiera de lo experimentados que fueran los miembros de su tripulación, o del rico andamiaje de mástiles y velas de todo tipo, con que podía contar una embarcación de primer orden, como tampoco de la fuerte complexión y salud de sus oficiales, sino muchas veces de la mera, fatídica o bendita, fortuna. El abogado estadounidense Richard Henry Dana, hijo, da cuenta de su temprana experiencia con ese ángel-monstruo que puede ser el bravo mar en su libro Dos años detrás del mástilTwo Years Before the Mast—, publicado en 1840, donde relata sus avatares juveniles como marinero común en un barco mercante dedicado al comercio de pieles durante 1834-36, en la costa este de lo que llegaría a ser parte de los Estados Unidos, es decir, California.

En un mundo como el nuestro, acostumbrados como estamos a que todo tenga solución, a controlar desde nuestros celulares la vida de los demás, a sentir que resolvemos los problemas con una denuncia en Twitter —una arrobita, por favor, que le sobre— o un Facebook live en el que nosotros, humanos insignificantes, somos protagonistas de nuestras propias luchas, es difícil enfrentarse a la realidad: la vida es más frágil de lo que habíamos querido creer. Y que a la Naturaleza, esa madre antigua e indomable, no le importamos. Nos aplasta, si quiere. No necesitamos que un secuestrador con rostro de carne y hueso nos robe la paz, un delincuente nos dispare para quitarnos la vida o un gobernante se robe nuestro dinero y nuestra esperanza. Sólo necesitamos que la tierra que pisamos decida acomodarse para mandarnos derechito al infierno. Eso, reconocerlo, nos tiene más angustiados que si el ejército norcoreano viniera a invadirnos o lanzara uno de sus misiles al Golfo de México. Y como no podemos controlarlo, imploramos ¡Tregua, tierra, tregua! al demonio dador de vida que nos pisa y arrastra inexorablemente a la inexistencia.

Estos días de luto, hay, sin embargo, oportunidades para reflexionar en muchas otras probables causas de la Tragedia, además de la acción de la Naturaleza, y cómo habría podido evitarse. La falta de una verdadera cultura de prevención entre nosotros mismos, ciudadanos de a pie, que no ha sabido permear, ni siquiera en treinta y dos años, desde las generaciones que vivieron y recuerdan los sucesos del 85 hasta las actuales, tan jóvenes como aquéllas por esos años de la modernidad; la inacción de autoridades putrefactas en alianza siniestra, y corrupta, con inmobiliarias insaciables, como las primeras, de dinero sucio, manchado ahora de sangre que aún está fresca en los escombros del concreto que nos protegía de la intemperie y en nuestra memoria; la inconsciencia colectiva, que nos ha llevado a habitar, hacinados, en lugares que a todas luces están mal construidos o a punto de caer… Etcétera, etcétera.

No soy tan optimista como para pensar que, de verdad, el despliegue de voluntarios, en su mayoría de la llamada generación millenial, represente un hito en la historia de la ciudad. Mi abuelo materno (nacido en 1938), que trabajaba dobles turnos en Televisa como ingeniero en el Departamento de Videotape —aunque no terminó la primaria—, para mantener a su esposa y cinco hijos, y que «no les faltara nada», tenía en el temblor cuarenta y siete años ya. Él, como muchos otros, participó en las labores de rescate, principalmente de sus compañeros de trabajo, en la avenida Chapultepec número 18, en las instalaciones de la televisora que, como se sabe, se vinieron abajo, sepultando cientos (¿o miles?) de vidas humanas. Puesto que tengo la fortuna de tenerlo conmigo, decidí preguntarle qué opina sobre lo que ha visto en las horas y los días posteriores a este sismo, sobre la manera en que los jóvenes están ayudando en las labores de rescate y la recolección de víveres, entre otras tareas muy loables; me dice que sí, que ve más gente que en el 85, pero que, siempre ha sido igual. Interpreto sus palabras de la siguiente manera: la voluntad de ayudar y la gente buena nunca se han echado de menos en la ciudad. Quizá sean sus años, no lo sé. He decidido no creerle porque lo dice él o porque tiene muchos años, sino ser crítico conmigo mismo y mis razonamientos, como con los mayores y los suyos, e intentar ver hacia atrás, treinta y dos años en el pasado, para andar mejor otros treinta y dos años, al menos, hacia el futuro.

Personas comunes como Richard Henry Dana, hijo, tuvieron la fortuna de sobrevivir a catástrofes y demonios naturales, y contarlo para lección de quienes no conocían el poder de la Naturaleza ni su capacidad destructiva, es decir, su nulo corazón. Reflexionar en lo que nos dejaron escrito nos ayuda a entender que la tierra, como el mar, es un enemigo a quien nunca podremos vencer, y que, al final, nos arrastrará consigo. Morir en sus manos, y ser recogido en ella, es nuestro destino. Podemos, sin embargo, resistirla con todas nuestras fuerzas. Ese es nuestro único deber.

Creo que sólo si nuestra generación es capaz de transmitir a la siguiente la necesidad de crear y conservar una ciudad más amable, todas las enseñanzas que hemos vivido en estos días, duras, las tristezas, desvelos, ansiedad, temores… habrán servido sólo por un tiempo y a nuestro interés egoísta, masoquista, para castigarnos la consciencia, pero no lograrán que cambie nada que de verdad valga la pena. Treinta, treinta y uno, treinta y dos o cincuenta años en el futuro, nuestros hijos y nietos volverán a lamentarse por todo aquello que estuvo mal y causó la muerte prematura de quienes amaban. Sólo si somos capaces de amar el sentimiento de ayudar a quienes más lo necesitan, sólo si somos lo suficientemente humanos para crear conciencia, para nunca más hablar en singular, podremos inculcar amor por el bien colectivo, es decir, podremos salir de entre los escombros.

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