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TRADUCCIÓN: THE BOOK OF THE COURTIER from the Italian of Count Baldassare Castiglione

The Book of the Courtier

A continuación les presento una traducción mía de un texto secular de comienzos del siglo XVI, el cual, siendo uno de los más notables productos del Renacimiento italiano, influyó de manera decisiva en la formación de las gentes de las cortes de aquella época. La traducción del italiano de Baldassare Castiglione —el autor—, que llevó a cabo con singular maestría Sir Thomas Hoby, ha sido considerada una obra maestra de la prosa en lengua inglesa. Esta es mi primera —y primeriza— versión en español de unas cuantas líneas del Libro IV.

THE BOOK OF THE COURTIER from the Italian of Count Baldassare Castiglione, translated into English by Sir Thomas Hoby. El manual del cortesano, originalmente en italiano, del Conde Baldassare Castiglione, traducido al inglés por Sir Thomas Hoby.

From BOOK IV. Del Libro IV.

«Sin embargo, al hablar de la belleza a que nos referimos, la cual se circunscribe a lo que es percibido en el cuerpo, en especial, a la vista del hombre, y que mueve a la codicia que conocemos como amor, la definiremos como una manifestación de la gracia divina, la cual se extiende cual tienda sobre el conjunto de la creación que está bajo el cielo (como lo hace también la luz del sol). No obstante, aquélla, al encontrar un rostro bien proporcionado, cuya complexión es un acuerdo vivo de varios colores, fortalecido por el efecto de luces y sombras, en un bosquejo de líneas colocadas a distancias que revelan orden, ahí se destila a sí misma y toma la apariencia que la favorece más, adornando e iluminando al sujeto sobre el cual se luce con una gracia maravillosa y un brillo tal que se asemeja al efecto de los rayos del sol que inciden en un exquisito plato de oro puro labrado e incrustado de piedras preciosas, de tal modo que atrae hacia sí mismo la vista de los hombres de manera placentera, y, penetrando en ellos, se hinca con fuerza en su alma. Mediante una dulzura inusual mueve poderosamente al alma y la deleita, inflamándola en deseos de codicia hacia el objeto. Entonces, cuando el alma es llevada por la codicia al disfrute de la buena belleza, en el supuesto caso de que ésta se deje llevar por el juicio de los sentidos, cae en los errores más profundos y echa en cara al cuerpo que, como se discierne, es bello haciéndolo la causa principal de su codicia. Después de esto, a fin de disfrutar de la belleza, el alma del codicioso considera necesario unirse tan íntimamente como sea posible al cuerpo en cuestión, lo cual es un engaño; por lo tanto, quien piense que la posesión del cuerpo es menester indispensable para el disfrute de la belleza deberá sufrir una decepción muy grande, además ha de notarse que, al hacerlo, está motivado a ello, no por el conocimiento verdadero, el cual es fruto de una elección racional, sino por el jucio erróneo de los sentidos y el deseo. Se sabe esto, pues inmediatamente después de haber poseído el objeto deseado, el placer que lo sigue es falso también y, por consiguiente, está lleno de vicios. Así pues, los amantes pueden caer en uno de dos errores. En primer lugar, aquellos que satisfacen sus pasiones inmorales con las mujeres que aman, puesto que no bien pronto alcanzan el fin codiciado, no sólo se sienten satisfechos sino que también los invade un sentimiento de aversión, que se manifiesta en la forma de odio hacia la persona a la que antes amaron. Esto sucede sin importar que luego se arrepientan de haber deseado de manera codiciosa y reconozcan que fue el engaño quien labró en ellos el juicio falso de los sentidos, aquél que los hizo creer que lo malo era bueno. En segundo lugar, también puede ser que aquellos continúen en la misma senda de codicia con avaricia, como si no hubieran satisfecho ya el deseo suyo, de posesión, hacia el objeto que codiciaban, a pesar de que el juicio que los embriagó en apariencia, y los cegó, los haya hecho experimentar en ese instante en que poseían al objeto un cierto tipo de contentamiento —como a veces les sucede también a quienes en su enfermedad del cuerpo sueñan que beben de un manantial claro y quienes, sin embargo, nunca se satisfacen pero al cual tampoco dejan—. De esto se concluye lo siguiente. Puesto que cuando se posee la cosa buena que se desea siempre nace la tranquilidad y la satisfacción en la mente del que la posee, es decir, el verdadero y justo fin de su codicia, los que poseen lo que codician, si esto fuera también bueno, habrían de experimentar la calma que proviene de la satisfacción cabal del deseo, la cual es claro que no experimentan; más bien, son engañados por su semejanza con lo bueno, y en cambio regresan sin falta a su codicia con desenfreno, infligiéndose por castigo el mismo sufrimiento que experimentaron al principio, cuando no poseían nada, volviendo a experimentar la sed acalorada y violenta por la cosa deseada, la cual esperan, en vano, poseer absolutamente.»

Version en español de D. B.

Version en edición facsimilar:

FROM BOOK IV

FROM BOOK IV_2

Texto íntegro en inglés:

But speakynge of the beawtie that we meane, which is onlie it, that appeereth in bodies, and especially in the face of mann, and moveth thys fervent covetinge which we call Love, we will terme it an influence of the heavenlie bountifulness, the whiche for all it stretcheth over all thynges that be created (like the light of the Sonn) yet whan it findeth out a face well proportioned, and framed with a certein livelie agreement of severall colours, and set furth with lightes and shadowes, and with an orderly distaunce and limites of lines, therinto it distilleth it self and appeereth most welfavoured, and decketh out and lyghtneth the subject where it shyneth wyth a marveylous grace and glistringe (like the Sonne beames that strike against beawtifull plate of fine golde wrought and sett wyth precyous jewelles) so that it draweth unto it mens eyes with pleasure, and percing through them imprinteth him selfe in the soule, and wyth an unwonted sweetenesse all to stirreth her and delyteth, and settynge her on fire maketh her to covett him. Whan the soule then is taken wyth covetynge to enjoye thys beawtie as a good thynge, in case she suffre her selfe to be guyded with the judgement of sense, she falleth into most deepe erroures, and judgeth the bodie in whyche Beawtye is descerned, to be the principall cause therof: wherupon to enjoye it, she reckeneth it necessarye to joigne as inwardlye as she can wyth that bodye, whyche is false: and therefore who so thinketh in possessynge the In possessing the body beawtie is not enjoied. They that love sensuallye. bodye to injoye beawtie, he is farr deceived, and is moved to it, no wyth true knowleage by the choise of reason, but wyth false opinyon by the longinge of sense. Wherupon the pleasure that foloweth it, is also false and of necessytye full of erroures. And therefore into one of the two vyces renn all those lovers that satisfye theyr unhonest lustes with the women whom they love: for eyther assone as they be come to the coveted ende, they not onely feele a fulnesse and lothesomnesse, but also conceyve a hatred against the wyght beloved, as thoughe longinge repented hym of hys offence and acknowleaged the deceite wrought hym by the false judgement of sense, that made hym beleave the yll to be good: or elles they contynue in the verye same covetynge and greedynesse, as thoughe they were not in deede come to the ende, whyche they sought for. And albeit throughe the blynde opynyon that hath made them dronken (to their seeminge) in that instante they feele a contentation, as the deseased otherwhile, that dreame they drinke of some cleare spring, yet be they not satisfied, nor leave of so. And bicause of possessing coveted goodnes there arriseth alwayes quietnesse and satisfaction in the possessors minde, in case this were the true and righte end of there covetinge, whan they possesse it they would be at quietnesse and throughlye satisfied, whiche they be not: but rather deceyved through that likenesse, they furthwith retourn again to unbridled covetinge, and with the very same trouble, which they felt at the first, they fall again into the raginge and most burninge thirst of the thinge, that they hope in vaine to possesse perfectlye.

Aquí se puede encontrar el texto íntegro en edición facsimilar: http://archive.org/stream/bookofcourtierfr00bald

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La primavera y los cerezos en Neruda

             El tema del amor erótico permea la obra de Neruda de tal modo que es inconcebible para un lector cualquiera pasar por alto las imágenes que usa para referirse a aquél, para recrearlo, para violentarlo. Este poema, en particular, se riega con el agua del campo, de lo silvestre, se solaza bucólico en los cielos estrellados, en el sol cuyo calor todo lo abarca, todo lo fecunda, y transmite de manera sensual, tanto material como espiritual, la manera en que el amor romántico se apodera del alma del amante-poeta; pero que también se estanca, se detiene y avanza a empellones por entre los resquicios del lado oscuro del amor hasta penetrar en lo tormentoso, en la violencia que le es intrínseca a éste. A pesar de tocar uno de los temas más trillados de la literatura, Neruda sabe utilizar los recursos estilísticos que tiene a la mano para recrear el mundo onírico de los amantes, desde la perspectiva de uno de ellos, y convidarnos al banquete de los sentidos; estas razones bastarán para convencernos de lo vital que es estudiarlo. Comencemos, pues, identificando la índole de las imágenes de que hace uso el poeta.

Juegas todos los días con la luz del universo.
Sutil visitadora, llegas en la flor y en el agua.
Eres más que esta blanca cabecita que aprieto
como un racimo entre mis manos cada día.

La amada es juguetona, pero sus juguetes no son, por supuesto, infantiles. Está situada desde un principio en su carácter idealizado, celestial: ella juega con la mismísima “luz del universo”. Como el dios cristiano, la amada también es omnipresente: el amante la ve en “la flor” y en “el agua”, como de visita, “sutil”. Él aprieta su “blanca cabecita”, con ternura, pero sin ocultar su espíritu dominante; él la posee como a un “racimo” entre sus manos protectoras.

A nadie te pareces desde que yo te amo.
Déjame tenderte entre guirnaldas amarillas.
Quién escribe tu nombre con letras de humo entre las estrellas del sur?
Ah déjame recordarte cómo eras entonces, cuando aún no existías.

Otra vez, el amante percibe a su amada como sólo suya; cuando dice “desde que yo te amo” parece decir “desde que eres mía”. En su imaginación, ella ha existido a partir de que él la ama. Por otra parte, nótese el efecto visual que el color amarillo de las guirnaldas tiene con relación al cielo estrellado, y el humo con que forman su nombre las letras. La atmósfera se mantiene en un estado extático, pero ahora cobra también un tinte nostálgico: el de un “recuerdo”.

De pronto el viento aúlla y golpea mi ventana cerrada.
El cielo es una red cuajada de peces sombríos.
Aquí vienen a dar todos los vientos, todos.
Se desviste la lluvia.

“De pronto”, indica por razones obvias, un cambio, una transformación. Esta ocurre sobre todo en el alma del amante-poeta. Los vientos amenazan con sus aullidos la algarabía y las ensoñaciones propias del amor romántico. No se puede saber con certeza cuál es el significado más plausible que estas imágenes albergan. El texto no lo dice. Puede ser que el poeta haya querido transmitir la idea de los celos, la imposibilidad de realizar el amor, el sentimiento de aprehensión, o alguna otra emoción o situación contrastante con la felicidad y la armonía precedentes, o quizá todas juntas. Lo más lógico es, sin embargo, que el poeta haya buscado a propósito este efecto de ambigüedad, o la suma de todas las posibilidades, a fin de crear una zona de indeterminación, dentro de la cual caben todos los temores que los  dos enamorados —éstos como modelos referenciales de otros— sean 8989 experimentar.

Pasan huyendo los pájaros.
El viento. El viento.
Yo sólo puedo luchar contra la fuerza de los hombres.
El temporal arremolina hojas oscuras
y suelta todas las barcas que anoche amarraron al cielo.

El poeta reconoce la ineficacia de sus esfuerzos; parafraseando al congregador del Eclesiastés bíblico: la vanidad consiste en un esforzarse tras el viento. Para el poeta, éste es el que viene a desbaratarlo todo, aun al amor, el cual, como “barcas que anoche amarraron al cielo”, ha requerido muchos esfuerzos a fin de asegurarlo.

Tú estás aquí. Ah tú no huyes.
Tú me responderás hasta el último grito.
Ovíllate a mi lado como si tuvieras miedo.
Sin embargo alguna vez corrió una sombra extraña por tus ojos.

Se presenta a la amada, ya vimos arriba, como un ser más poderoso que el poeta, como un ser de la divinidad. Aquí se confirma por lo menos la fortaleza de su carácter: ante el viento sombrío, que todo lo confunde, ella ‘no huye’. “Como si tuvieras miedo”, le pide el poeta que se acurruque en él. Pero ella carece de él; su ser también está hecho de sombra, de ambigüedad, de tenebrosidad, o de inquieta duda, que alguna vez se coló por entre los haces de su mirada.

Ahora, ahora también, pequeña, me traes madreselvas,
y tienes hasta los senos perfumados.
Mientras el viento triste galopa matando mariposas
yo te amo, y mi alegría muerde tu boca de ciruela.

El oscuro rapto de la contemplación ha cesado. El foco se vuelve hacia ella. Y con ella se revitalizan las alusiones al campo, a lo silvestre, la luz se torna cálida y el olfato se aguza al tierno contacto de los cuerpos extasiados. “Madreselvas” que le trae su “pequeña”, de “senos perfumados”, las “mariposas”, la “boca de ciruela” y una mordida… Al parecer, la tormenta se alejó de pura “tristeza”, pues no consiguió matar al amor, sino sólo acribillar a unas cuantas “mariposas”.

Cuánto te habrá dolido acostumbrarte a mí,
a mi alma sola y salvaje, a mi nombre que todos ahuyentan.
Hemos visto arder tantas veces el lucero besándonos los ojos
y sobre nuestras cabezas destorcerse los crepúsculos en abanicos girantes.

En estos versos, el amante-poeta nos desvela una cara del misterio de su amor aprehensivo, total, hacia ella: la soledad. La amada lo ha rescatado de la soledad, y al hacerlo, ha debido pasar dolores, sufrimiento. Él es dificil y lo sabe, pero el sufrimiento de ambos no ha sido en vano; ella ha debido soportar su “alma sola y salvaje”, él, la “sombra extraña”, la divina duda, el poder que sobre el viento tiene ella. Pero los crepúsculos se han ‘destorcido’ sobre sus cabezas; el sol, lucero físico o figurativo, ha ardido tantas veces… ¡Y ellos han sido testigos oculares del milagro! A pesar de todo, nada ha sido en vano.

Mis palabras llovieron sobre ti acariciándote.
Amé desde hace tiempo tu cuerpo de nácar soleado.
Hasta te creo dueña del universo.
Te traeré de las montañas flores alegres, copihues,
avellanas oscuras, y cestas silvestres de besos.

Palabras que llueven acariciando, “cuerpo de nácar soleado”, las imágenes se ensartan en metáforas que comunican, al modo de ser romántico, y también idealista, la natural forma del amor. Ella es la dueña por derecho de todo y, como tal, el amante sólo acierta a rendirle homenaje con el fruto de la tierra, de sus reinos, como a los dioses; sin embargo, no como a Ceres, diosa griega de la agricultura, para quien el culto de su persona prohibía las flores, sino como a una Afrodita, cuya devoción se nutría ya del fruto del campo, ya de las relaciones eróticas de los amantes.

Quiero hacer contigo
lo que la primavera hace con los cerezos.

Y culmina el autor con estas dos líneas supremas —y con éstas que siguen culminamos nosotros este breve análisis—, las cuales han sido el objeto de numerosas aproximaciones al texto, que van desde la fecundidad violenta del amor, hasta la sutil dulzura con que el amante expresa su deseo febril, además de otras muchas posibles lecturas. Para nosotros no son más que el tránsito de la belleza efímera del amor erótico; en la jerga corriente de la cinematografía actual: cuadro a cuadro, los cuerpos vivos en movimiento, el éxtasis voluptuoso de los sentidos, aguzados éstos todos; un perfecto filme en un formato híbrido 4D, literario.

 

D. B.

 

A continuación reproduzco el poema íntegro para su mejor goce:

14

Juegas todos los días con la luz del universo.
Sutil visitadora, llegas en la flor y en el agua.
Eres más que esta blanca cabecita que aprieto
como un racimo entre mis manos cada día.

A nadie te pareces desde que yo te amo.
Déjame tenderte entre guirnaldas amarillas.
Quién escribe tu nombre con letras de humo entre las estrellas del sur?
Ah déjame recordarte cómo eras entonces, cuando aún no existías.

De pronto el viento aúlla y golpea mi ventana cerrada.
El cielo es una red cuajada de peces sombríos.
Aquí vienen a dar todos los vientos, todos.
Se desviste la lluvia.

Pasan huyendo los pájaros.
El viento. El viento.
Yo sólo puedo luchar contra la fuerza de los hombres.
El temporal arremolina hojas oscuras
y suelta todas las barcas que anoche amarraron al cielo.

Tú estás aquí. Ah tú no huyes.
Tú me responderás hasta el último grito.
Ovíllate a mi lado como si tuvieras miedo.
Sin embargo alguna vez corrió una sombra extraña por tus ojos.

Ahora, ahora también, pequeña, me traes madreselvas,
y tienes hasta los senos perfumados.
Mientras el viento triste galopa matando mariposas
yo te amo, y mi alegría muerde tu boca de ciruela.

Cuánto te habrá dolido acostumbrarte a mí,
a mi alma sola y salvaje, a mi nombre que todos ahuyentan.
Hemos visto arder tantas veces el lucero besándonos los ojos
y sobre nuestras cabezas destorcerse los crepúsculos en abanicos girantes.

Mis palabras llovieron sobre ti acariciándote.
Amé desde hace tiempo tu cuerpo de nácar soleado.
Hasta te creo dueña del universo.
Te traeré de las montañas flores alegres, copihues,
avellanas oscuras, y cestas silvestres de besos.

Quiero hacer contigo
lo que la primavera hace con los cerezos.

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